
Bajo la Aiguille du Midi, a 3.700 metros de altitud, esta highline llevaba años despertando mi curiosidad. Junto a un grupo de amigos fijamos la fecha con varios meses de antelación y la montaña nos regaló unas condiciones excepcionales: ausencia de viento y una atmósfera perfecta para afrontar el reto. La imagen muestra a uno de los highliners suspendido sobre la arista de Cosmiques, rodeado por sus emblemáticos gendarmes y con el macizo del Mont Blanc dominando el horizonte. Es una fotografía que refleja el equilibrio entre la dimensión del paisaje alpino y la precisión que exige este deporte.

Esta imagen nació al amanecer, en el monte Buetraitz, buscando un punto de vista poco habitual desde el que mostrar la profundidad del paisaje. A medida que aparecía la luz, las sucesivas capas de montañas conectaban visualmente el País Vasco con los primeros relieves del Pirineo. En primer plano, Ainara Uribarri entrena inmersa en ese escenario, aportando una dimensión humana a un paisaje inmenso. La fotografía habla de esfuerzo, de silencio y de la relación entre el deportista y la montaña, reforzada por la calidez de la primera luz del día.

Antes de que saliera el sol, la niebla todavía envolvía la montaña y el silencio dominaba el paisaje. Aritz Egea avanza guiado únicamente por la luz de su frontal mientras las primeras tonalidades cálidas del amanecer comienzan a aparecer en el horizonte. El contraste entre la iluminación artificial y la luz natural crea una atmósfera íntima que transmite concentración y serenidad. Más allá de la acción deportiva, la fotografía refleja ese instante en el que la montaña despierta lentamente y el camino se convierte en una invitación a seguir avanzando.

Después de muchas horas de ascensión, alcanzar la cima supone un instante de satisfacción compartida con el compañero de cordada. Sin embargo, en la montaña ninguna cima representa un final definitivo. Cada horizonte conquistado abre la puerta a nuevas rutas, nuevos objetivos y nuevas experiencias. La fotografía habla precisamente de esa idea: celebrar el camino recorrido mientras la mirada ya se dirige hacia la siguiente montaña, recordándonos que la aventura continúa mucho más allá de la cumbre alcanzada.

Después de varios inviernos con escasas nevadas, la Sierra de Guadarrama recuperó por fin su aspecto más invernal. Muy cerca de las zonas más transitadas aún es posible encontrar rincones donde el silencio y la nieve permanecen intactos. La fotografía muestra uno de esos lugares en los que la naturaleza parece detener el tiempo. Las formas suaves creadas por la nieve y el bosque transmiten una sensación de calma que invita al espectador a recorrer el paisaje con la mirada.

A pocos kilómetros de La Paz, el Valle de las Ánimas ofrece uno de los paisajes más singulares de Bolivia. Sus afiladas formaciones rocosas crean un escenario espectacular donde el descenso en bicicleta exige precisión, equilibrio y una gran capacidad de lectura del terreno. Kilian recorre una estrecha cresta que parece suspendida sobre el vacío, aportando escala a un paisaje de dimensiones extraordinarias. La fotografía busca mostrar la armonía entre el deportista y el entorno, donde la línea elegida resulta tan importante como la belleza del propio paisaje.

Las continuas nevadas del invierno japonés convierten Hokkaido en uno de los destinos más deseados para el esquí de montaña. Entre bosques cubiertos de nieve, Roger desciende envuelto por el característico polvo seco de la isla mientras la silueta del monte Yotei aparece tímidamente entre la niebla. La fotografía transmite la calma del paisaje y la ligereza del movimiento, mostrando cómo la nieve transforma completamente el entorno y convierte cada descenso en una experiencia única.

El azul profundo del hielo subterráneo ofrece un escenario excepcional para este escalador. Capturamos esta cueva a principios de este año. Durante el verano, se expandió debido a las altas temperaturas y acabó uniéndose a otra cueva, formando este inmenso arco de hielo. «El corazón» de hielo: ¡qué sorpresa descubrir esta forma mágica en el corazón del glaciar!

Rápel de unos 90 metros en una de las grietas de las minas de Meatzaldea. Aprovechando los días de lluvia, y sabiendo que en esta zona se forma una cascada, decidimos entrar por el techo de la mina, instalando la cabecera en unos árboles cercanos. Al fondo puede verse a Arkaitz junto a uno de los machones o pilares horizontales que sostienen las paredes. A pesar de haber descendido ya unos cuantos metros, todavía quedan unos 70 metros completamente volados, con agua cayendo por todas partes. Aprovechando la oscuridad del fondo de la cavidad, decidimos alargar el tiempo de exposición para capturar ese efecto de movimiento en las gotas de agua y en la cuerda.

A casi 5.000 metros de altitud, el paso San Antonio ofrece una de las panorámicas más impresionantes de la cordillera Huayhuash. Después de una larga jornada de caminata, la luz del atardecer transformó el paisaje con una sucesión de tonos cálidos que resaltaban el relieve de los Andes. En esos minutos todo parecía detenerse y el esfuerzo acumulado daba paso únicamente a la contemplación. La fotografía busca transmitir esa recompensa silenciosa que solo llega tras muchos kilómetros recorridos y que convierte un instante fugaz en un recuerdo imborrable.

El bloque Awesome, en La Pedriza, es conocido por un movimiento tan espectacular como exigente. Durante un breve instante el escalador pierde completamente el apoyo de los pies y queda suspendido únicamente de un brazo, en una posición de gran dificultad técnica. Capturar ese momento requería anticiparse a una acción que apenas dura una fracción de segundo. La fotografía refleja la fuerza, la precisión y la expresividad del búlder moderno, donde cada movimiento combina potencia, equilibrio y creatividad sobre la roca.

La escaladora Iris Gutiérrez en la vía Aequilibrium (8A+) al amanecer. Debido a las altas temperaturas de los últimos inviernos, cada vez menos fríos, los escaladores se ven obligados a madrugar cada vez más para encontrar las condiciones adecuadas.

Esta imagen nació mucho antes de que el rider iniciara el descenso. Estudiamos la montaña y decidimos que la línea debía recorrer el límite entre la luz y la sombra hasta culminar en un salto sobre una cornisa modelada por el viento. Cada decisión respondía a una idea visual compartida entre deportista y fotógrafo. La escena apenas necesitó edición posterior porque la propia montaña ofrecía el contraste que buscábamos. La fotografía resume precisión, confianza y una lectura del terreno donde cada detalle contribuye a la composición final.

Fotografiar la Sala de la Verna, la mayor cavidad subterránea visitable del mundo, fue un auténtico reto. Sin conocer el lugar, improvisé la sesión mientras descubría un espacio de dimensiones colosales. Durante dos días trabajé con un enfoque artístico y documental, coincidiendo con el momento en que Philippe Soubies y Alejandro Antolínez establecieron un nuevo récord mundial de highline subterráneo. En esta imagen, protagonizada por Lorenzo Etchenique, prescindí por completo de la iluminación de la cueva y construí la escena con tres flashes, utilizando el vaho de los atletas como un elemento creativo para revelar la inmensidad y la atmósfera del lugar.
